al diagonalmente hacia un abrevadero.
El caballo blanco corría, corría siempre hacia el Loira a cuyo
extremo se veía una pequeña embarcación.
¡Oh! ¡Oh! --murmuró el mosquetero, --sólo un hombre
que huye corre de tal suerte al través de tierras
de labor; sólo un Fouquet, un hacendista puede correr así en pleno
día y montan do un caballo blanco: sólo
un señor de Belle-Isle puede huir hacia el mar, cuando en tierra hay
bosques tan cerrados; y sólo hay un
D'Artagnan en el mundo capaz de alcanzar a Fouquet, que lleva media hora de
delantera, y antes de una
hora habrá llegado a la embarcación que le espera.
Dicho esto, el gascón mandó que la carroza del enrejado saliese
a escape hacia un bosquecillo situado
fuera de Nantes, y, escogiendo su mejor caballo, subió sobre él,
echó por la calle de las Hierbas, y tomó, no
el camino que llevaba Fouquet, sino la orilla del Loira, seguro de que así
ganaría diez minutos sobre el total
del trayecto, y, en la intersección de las dos líneas, alcanzaría
al fugitivo, que no podía presumir que por
aquel lado le persiguiesen.
En la rapidez de su carrera, con la impaciencia del perseguidor, animándose
como en la caza y en la gue-
rra, D'Artagnan, tan amable y tan bueno con Fouquet, se volvió feroz
y caso sanguinario.
Mientras corrió por largo tiempo sin ver al caballo blanco, su furor
tomó todos los caracteres de la rabia.
Dudando de sí mismo, supuso que Fouquet se había abismado en un
camino subterráneo, o cambiado el
caballo blanco por uno de aquellos famosos caballos negros, veloces como el
viento, que D'Artagnan ad-
miraba y envidiara tantas veces en San Mandé. En aquellos momentos, cuando
el viento escocía los ojos y
le arrancaba lágrimas, y la silla quemaba, y el caballo, abiertas sus
carnes por las espuelas, rugía de dolor y
hacía volar con sus pies la arena y los guijarros, D'Artagnan levantábase
sobre sus estribos, y al no ver nada
en el agua ni bajo la arboleda, buscaba en el aire como un insensato, y devorado
por el temor del ridículo,
decía sin cesar:
--¡Yo! ¡yo burlado por un Gourville! Se dirá que envejezco,
o que he recibido un millón para dejar huir
a fouquet.
Y hundía sus espuelas en los ijares de su caballo, que en dos minutos
había recorrido una legua.
De repente y al extremo de una dehesa, allende la valla, D'Artagnan vio aparecer
y desaparecer para apa-
recer de nuevo y permanecer visible en un terreno más elevado, una forma
blanca que le hizo estremecerse
de alegría y serenarse en seguida.
Se enjugó la frente, abrió las rodillas, y, recogiendo las riendas,
moderó el paso del vigoroso animal, su
cómplice en aquella caza del hombre.
Entonces pudo estudiar la forma del camino, y su situación respecto de
fouquet.
Este había fatigado a su caballo al atravesar las tierras, y conociendo
cuán necesario le era llegar a un
suelo más duro, buscaba el camino por la secante más corta.
D'Artagnan seguí en línea recta por la pendiente del acantilado
que le ocultaba a la vista de su enemigo,
para cortarle el paso al llegar al camino, donde iba a principiar la verdadera
carrera, a entablarse la lucha.
D'Artagnan dejó respirar a su caballo, notó que el superintendente
hacía lo mismo con el suyo. Pero co-
mo ambos llevaban demasiada prisa para continuar mucho tiempo a aquel paso,
el caballo blanco partió
como una flecha en cuanto pisó en terreno más resistente. D'Artagnan
aflojó las riendas, y su caballo negro
tomó el galope.
Ambos seguían el mismo camino; los cuádruples ecos de la carrera
se confundían; Fouquet aun no había
advertido la presencia de D'Artagnan. Pero al la salida de la pendiente, sólo
un eco hirió los aires, el de los
pasos de la cabalgadura del mosquetero, que producía el efecto del trueno.
Fouquet se volvió, y al ver a un centenar de pasos a su espalda a su
enemigo inclinado hasta el cuello de
su corcel, ya no dudó que le perseguía un mosquetero, al que conoció
por su bruñido tahalí y su roja casaca.
Fouquet, pues, aflojó también las riendas a su caballo, que puso
entre él y su adversario veinte pies más de
distancia.
¡Ah! --dijo entre sí D'Artagnan con inquietud, --el caballo que
monta Fouquet no es de los ordinarios.
Y examinó las particularidades de aquel corcel; vio que tenía
redonda la grupa, larga y enjuta la cola, pa-
tas delgadas y secas como alambres y cascos más duros que el mármol.
D'Artagnan picó a su caballo, perola distancia continuó siendo
igual.
El mosquetero prestó oído atento pero no oyó ni un resoplido
del caballo blanco, no obstante dejar atrás
los vientos.
El caballo negro, por el contrario, empezaba a roncar como si le hubiese dado
un ataque de tos.
--Aunque reviente mi caballo, --pensó D'Artagnan, --debo darle alcance.
Y rasgando la boca del pobre animal y lacerándole las carnes vivas con
sus espuelas, logró ganar sobre
fouquet unas veinte toesas, es decir a tiro de pistola.
